martes, 21 de febrero de 2012

Fortunate son

Era tarde cuando lo vi por primera vez. Serían alrededor de las ocho y media, o quizá algo antes, pero en cualquier caso era esa hora en la que ya es tarde para decir que es por la tarde pero seguramente aún es pronto para decir que es de noche. Siendo invierno, ya había oscurecido por completo. Regresaba caminando a casa desde la facultad tras una tediosa clase, y las ganas de cenar y el frío me habían sumergido en un estado de ánimo algo crepuscular, acorde con la franja horaria. Eso, y el hecho de conocer el camino de memoria, hacían que me moviese bastante maquinalmente, casi sin conciencia de mi propio cuerpo.

Pero ese aletargamiento hizo precisamente que la primera visión del fenómeno me resultara más espectacular, o más sorprendente al menos. Bajaba por una calle muy estrecha en la que habían sido demolidos algunos de los edificios que quedaban a mano derecha, dejando un espacio vacío que permitía ver un buen pedazo de cielo y al que no estaba acostumbrado. Mecánicamente, mientras andaba, giré la cabeza hacia ese vacío postdemolición y miré al cielo, oscuro y estrellado. Y algo más. Tardé un poco en reaccionar, pero enseguida detuve mi marcha y me quedé allí, parado. Algo insólito había aparecido en mitad del cielo: Una franja finísima, pero perfectamente distinguible, lo atravesaba en toda su extensión, como si alguien hubiera trazado una línea con un rotulador de punta fina de tamaño celestial. A pesar de su finura, la línea destacaba nítidamente en el firmamento gracias a su color rojo, como de telón de teatro.

Al llegar a casa me encontré a mi familia frente al televisor, a la espera de noticias sobre la línea roja en el cielo. Evidentemente, ellos también la habían visto ya, y sus comentarios en ese momento eran una mezcla de extrañeza e indignación acerca de la inexplicable ausencia de información sobre el fenómeno en la televisión. En la radio tampoco decían nada. La prensa escrita del día siguiente tampoco se pronunció al respecto, ni sus versiones digitales. Todo lo que se podía leer sobre el asunto en Internet provenía de fuentes particulares, de algún medio independiente e insignificante, de usuarios de foros y redes sociales, de testimonios corrientes que intercambiaban impresiones. Por supuesto, la red se convirtió pronto en un hervidero de teorías y conjeturas tratando de explicar el origen de la rareza. En la calle era el tema de conversación estrella.

La línea era visible también de día, exactamente en el mismo tono que de noche y con la misma claridad, y ocurrió que, con el paso de los días, fue ensanchándose paulatinamente, de forma casi imperceptible al principio pero muy evidente después. Y fue entonces, cuando la línea roja ya tenía la anchura de una autopista de cuatro carriles, cuando los medios empezaron a mencionarla. Pero lo hicieron con mucha naturalidad, muy relajadamente, como si la gente no llevara ya semanas histérica esperando noticias del tema y como si ellos no lo hubieran ignorado por completo hasta ese momento. Simplemente, los informativos abrieron con algunas imágenes de la franja roja en el cielo y monótonamente relataron lo que todo el mundo ya había podido comprobar con sus propios ojos. Aun así, la recién estrenada cobertura informativa del fenómeno por parte de los medios tuvo un efecto placebo inmediato sobre los ánimos de la mayoría y el nerviosismo inicial se fue disipando, dando paso a una progresiva calma. Le gente fue acostumbrándose al nuevo aspecto del cielo y regresando a sus vidas tal y como eran antes del incidente, con la única diferencia de que el tema pasó a ser uno más de los que rutinariamente se trataban en los medios. Con cierta regularidad aparecían expertos en diversos campos dando su opinión sobre la franja roja, coincidiendo en su mayor parte en identificarla como otro de los efectos del calentamiento global y lanzando todo tipo de predicciones catastróficas sobre su evolución y consecuencias.

Con el tiempo (no mucho), los humoristas incorporaron la franja roja en sus chistes, y las series de televisión en sus guiones, y los artistas en sus obras de arte. Brad Pitt estrenó un melodrama con mensaje ecologista sobre la franja roja. Después Hugh Grant protagonizó una comedia romántica con la franja roja. Greenpeace lanzó una campaña de concienciación sobre la necesidad de dejar de ir en avión para no agravar el problema de la franja roja. David Bisbal y otros cantantes sacaron un disco benéfico para luchar contra la franja. En las universidades comenzaron a impartirse asignaturas y cursos de posgrado sobre la franja roja en el cielo y hasta se crearon departamentos dedicados a ella en exclusiva. El Gobierno creó el Ministerio de Franjas en el Cielo y el Congreso aprobó una subida de 5 puntos del IVA y el IRPF para poder gestionar el asunto. Se aprobó también la creación del Impuesto por lo de la Franja. Se dobló el presupuesto del Ejército. Los sindicatos y la Iglesia vieron aumentadas sus subvenciones. El Rey hizo un chascarrillo sobre la franja que fue muy celebrado por los periodistas y después salió a navegar. La Unión Europea prohibió a todos sus ciudadanos los vuelos internacionales para prevenir el ensanchamiento de la franja, a excepción de los vuelos de eurodiputados y de representantes de cualquier institución pública de los Estados miembros. Los futbolistas también podían volar. El 83% de los espectadores de Antena 3 noticias dijo estar a favor de la medida.

Algunos meses después, tan inexplicablemente como todo empezó, la franja roja en el cielo comenzó a estrecharse lenta pero progresivamente; cada día un poquito, hasta que desapareció por completo, sin ningún efecto.

Eso fue hace 30 años, y desde entonces no hemos vuelto a saber nada sobre lo ocurrido. Pero es precisamente por eso que hemos de estar más vigilantes que nunca. No debemos caer en el error de confiarnos. Nuestra tarea es hoy igual de necesaria que el primer día y yo estoy convencido de ello. No podemos retroceder. Puedo decirles que encaro con mucho optimismo mi mandato al frente del Ministerio de Franjas en el Cielo. Capitán, mande firmes.

domingo, 19 de febrero de 2012

El tronco de la ley

   Juan Antonio está apostado en la esquina. Ha caminado más rígido de lo normal los últimos metros, hasta colocarse en posición de contemplar la calle perpendicular, y a treinta metros a la derecha observa detenidamente lo que esperaba encontrar. Todos sus conocidos saben que cuando una idea se apodera de la mente de Juan Antonio, no hay manera de echarla sino es llevándola a cabo, siempre ha sido así. Lleva meses planeándolo y nota como una discreta dosis de adrenalina recorre su cuerpo y atenaza su garganta al considerar lo cerca que están (él y la idea) de la separación definitiva, de la purga, del momento que en sus diarios él denomina actualización. Son las dos de la tarde y la mayoría de la gente está comiendo; pero, todavía apostado disimuladamente en la esquina, mirando sin ver la pantalla de su teléfono móvil, juzga que son demasiados los transeúntes y decide recorrer durante unos minutos más las manzanas aledañas, se da la vuelta y se aleja tranquilo.
   Tiene el hacha escondida en la espalda, el mango metido en los pantalones hasta la rodilla, sujeto al muslo por una cinta elástica. A cada paso la cabeza del hacha imprime un coletazo de frío en la piel de su espalda, le gusta sentirlo bajo la ropa, atemperándose cada vez más, a medida que se aleja. El plan es tan simple que no sabe si podría llamársele plan, y él visualiza su ejecución por enésima vez, tan sencilla, como un animal bravo visualizaría momentos antes su embestida. Han pasado veinte minutos cuando vuelve a situarse en la esquina, ahora ya nadie recorre las calles.
   Con las manos en la espalda, desliza el hacha hacia arriba, hasta que el metal toca la base de su cuello y puede sacar el mango de sus pantalones. Se retira un metro calle adentro, hasta quedar fuera de vista, y la apoya en el suelo, se quita la chaqueta que empieza a molestarle a pesar de frío, y siente como el viento helado de febrero le estira la piel de la cara y tensa sus labios. Se coloca otra vez el hacha a la espalda, aguantándola ahora con las manos, y se encamina hacia la sede ministerial. Los guardias se mantienen firmes a ambos lados del portalón. A unos metros del que se encuentra más cerca de él, descubre el hacha y la levanta con energía para clavarla en el costado del uniformado con un movimiento fuerte y preciso; en sus pre-actualizaciones mentales [este neologismo idioléctico tan pedante se le ocurre a él precisamente en ese momento] siempre había esperado algún tipo de reacción defensiva, unas manos alzándose para protegerse, una carrera de auxilio del compañero, incluso un rápido disparo que terminara de cuajo con sus pretensiones, pero los dos se mantienen firmes en sus posiciones y su movimiento pierde convicción al bajar el arma, que se clava vacilante en el brazo derecho del soldado, un poco por debajo del codo.


   Aun así, la herida ha sido profunda, y Juan Antonio reúne fuerzas para un segundo movimiento. Revive su entrenamiento en la vieja quinta de sus padres, probando con los árboles jóvenes para lograr un swing enérgico y sin titubeos. Los movimientos se suceden en el ángulo preciso hasta que el brazo se desprende y la sangre fluye a borbotones, los próximos se hunden en el costado, abriendo una terrible herida y desparramando lentamente las vísceras. Sirviéndose del hacha para descansar unos momentos, Juan Antonio jadea y mira incrédulo a su alrededor; nunca creyó que le dejaran llegar hasta este punto. El guardia herido aguanta firmemente, aunque su cara transluce sufrimiento, y el otro se mantiene asimismo en su posición, mientras le dirige una mirada de desafío, como incitándole a que termine la tarea que ha empezado, si es que se atreve, la misma mirada que le destinan los pocos transeúntes que recorren la calle sin desviarse de su rumbo.  
   Juan Antonio no quiere rendirse y prosigue entre náuseas, con la cabeza nublada. El desarrollo del cuerpo humano ha seguido derivas estructurales radicalmente distintas a las de un árbol, y todo se va haciendo más difícil; aquí no hay astillas, hay papilla. Los golpes se hacen cada vez más desesperados, hasta que en una perfecta horizontal empieza a hendir el hacha en la columna vertebral, momento en el que el tronco del soldado empieza a doblarse, y su cara cambia del sufrimiento a la contrariedad más absoluta. Juan Antonio no puede más, gira sobre sí mismo y vuelve tambaleándose a la esquina en la que todo había empezado, donde cae postrado y vomita una bilis sanguinolenta. Detrás de él dos soldados recogen los restos del otro, cuyos pies se encuentran todavía firmemente apoyados en el suelo, y dirigen miradas displicentes hacia ese otro cuerpo derrotado, con las rodillas hendidas en esa acera fría de invierno.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Gimnasio I


La sala espera y el viejo entra, la toalla amarilla al hombro y la cinta en la frente. Lleva las mismas deportivas Reebok, la misma camiseta de promoción de una antigua convención en Alemania, una de tantas convenciones aburridas y rutinarias que tanto echa de menos. Los calcetines de tenis le aprietan los tobillos y con ellos sus piernas parecen dos largas salchichas demasiado tostadas y arrugadas. Parece atlético, esbelto para ser un viejo. La sala observa despreocupadamente mientras se sube a la cinta, mientras selecciona el programa de carrera, la pendiente y la duración del ejercicio. Se siente un niño tonto e inexperto apretando los botones, como él, demasiado viejos para ofrecer una reacción al primer impulso. Los aprieta con todo el vigor que le permiten sus frágiles articulaciones, y le duelen las yemas al hacerlo. Alrededor, los presentes ejecutan movimientos automáticos con la mirada perdida en sus propios reflejos, como hipnotizados, esperando algo. La cinta empieza a rodar, y el viejo apresura su paso a medida que la velocidad aumenta. Se siente poco a poco superado por la máquina, como le pasa siempre. A pesar de que viene dos días a la semana desde hace varios años siguiendo fielmente la recomendación de su médico – y cuando le preguntan, él siempre deja bien claro que se trató de una recomendación, a pesar de que sabe perfectamente que el doctor fue muy vehemente al hacerla-, nunca sabe cuál es el punto exacto en el que debe cambiar del paso rápido a la carrera. De hecho, tiene la ligera sospecha de que la máquina no funciona a la perfección en ese aspecto, de que es poco rigurosa cuando se ve forzada a conseguir una velocidad relativamente alta en un intervalo corto de tiempo, e indica en pantalla la velocidad que le da la gana; además, es algo que puede certificar que a menudo sucede, o solía suceder, gracias a su experiencia como viajante de los mismos aparatos de gimnasio que ahora ponen a prueba lo que queda de sus músculos. En la cinta de al lado corre una chica, y al viejo le viene a la cabeza la palabra “tonificar”.

Mientras corre, mira al aparato y piensa que es un modelo antiguo, pero posterior a los que él solía vender. Lleva seis minutos sobre la XT PRO 600 cuando llega el segundo viejo. Le saluda y le pregunta sin mucho interés que cómo va todo, a lo que él responde que todo bien, y recibe un “Eso es lo importante, ya sabes que aquí eres una institución”. El viejo piensa por qué habrá dicho eso el otro, le parece que a pesar de que suena a la típica frase-de-viejo-para-viejo preparada para no desanimar y crear camaradería frente a lo jodido de tener la muerte cerca, quizás lo crea de verdad. Posiblemente su pasado como experto en estimulación muscular tenga algo que ver, o quizás su veteranía y regularidad en las visitas al gimnasio. El viejo corre y mira hacia adelante, por la enorme cristalera que da al parque. El sol casi se está poniendo y tiñe toda la atmósfera del gimnasio de un color cheeto que, unido al amarillo desteñido de las máquinas, le da un tono melancólico e irreal a la sala. La chica de al lado sube tres décimas su pendiente.

El viejo lleva trece minutos de carrera cuando empieza a notar como bota cada uno de sus músculos –y casi sus órganos- dentro de su cuerpo, y como con cada zancada se va pareciendo menos a lo que él entiende por una Institución. Se ve levemente reflejado en el vidrio de la cristalera, y casi no se reconoce, ahora solo es el escombro de aquél joven que significaba su nombre. Nota cómo las piernas empiezan a pesar. La chica sube tres puntos la velocidad, preparándose para el sprint final. El viejo piensa que la máquina de gimnasio le mira a los ojos como a los demás. Piensa que él no es el primero, e imagina grandes hombre sucumbiendo a la Máquina: Einstein dominado en La Cinta, Schopenhauer vencido por una tira giratoria. Piensa en Kafka. La institución Franz Kafka vencida por la Máquina, la institución Franz Kafka vencida por el Cuerpo Franz Kafka. Kafka vencido por Franz, Arthur y Albert mirando por la cristalera. La máquina suelta un pitido prolongado y reduce gradualmente su velocidad hasta detenerse. El viejo baja de la cinta, coge la toalla apoyada en la barra lateral del aparato y se seca el sudor con ella. Piensa que poco queda de su Institución, pero también de su Cuerpo. Mira a la chica, que aún corre en sprint, y envidia que no se tenga que preocupar de ninguna de las dos cosas. Corre concentrada y ausente, mientras el segundo viejo le mira el culo descaradamente. 

jueves, 2 de febrero de 2012

La historia del hombre que sólo sabía hablar de sí mismo

Esta es la historia del hombre que sólo sabía hablar de sí mismo. Es la historia de un hombre que tiempo atrás era popular y amable. Sus círculos cercanos se alimentaban de su sabiduría. Lo oían hablar y lo respetaban porque era excepcional, lo adoraban. O al menos eso creía él. En realidad lo que muchos hacían era fingir que lo que éste trataba de explicar era de interés. Sólo los cándidos se dejaban hechizar por su elocuencia, aunque normalmente ni lo entendían por falta de atención. El hombre que era respetado por ser excepcional en realidad no lo era tanto.

Y es que el hombre que creía ser respetado por ser excepcional no pensaba demasiado en los demás. No tenía tiempo para escuchar porque siempre tenía la boca llena de cosas que decir. No recurría a la confrontación verbal porque se creía por encima y rebajarse era una de las cosas que nunca entraba en sus planes. Tampoco nunca reconoció un error.- ‘¿Un error?¿ Yo?- pensaría- ‘No, yo eso no.’- y tampoco nunca lloró, pues nunca lo vio necesario. El hombre que siempre tenía cosas que decir era en realidad egoísta y soberbio, y tal era su síndrome de abstinencia de atención que poco a poco sus limitadas amistades fueron desapareciendo en detrimento de cientos de conocidos.

Ésta es la historia del hombre con síndrome de abstinencia de atención. Un hombre que contaba cosas sólo cuando lo que contaba le era propicio a sus intereses. A veces hablaba tanto que se enteraba de cosas que no decía, y a veces contaba cosas que ni siquiera eran. Pero siempre estaba él cuando hablaba, era él el foco, había alguien a quién escuchar, se formaba un centro. Y en sus patrañas hablaba de todo porque todo lo sabía, contaba muchas cosas, contaba todo, contaba cientos y doscientos e incluso contaba más.

En la historia del hombre que sólo hablaba de él no había nunca protagonistas porque el hombre que sólo hablaba de él acaparaba ya toda la atención. Cuando alguien contaba una historia él metía la suya, introducía sus vivencias, reales o imaginarias, oportunamente para desviar la atención hacia su persona, haciendo de su aventura el eje del programa.

Lo que le pasó al hombre que siempre quería ser el centro de atención es que cada día le costaba más tener algo nuevo para contar. Era complicado mantener el ‘yo más’ delante de tanta gente. Sin embargo su posición se lo exigía. Cada conversación le obligaba a reinventarse a sí mismo en una aventura nueva que tuviera algo más grande o más triste o más fuerte, da igual. El hombre que sólo sabía contar historias encumbrándole se quedaba sin recursos con cada vez más frecuencia y el pasado comenzaba a pesarle demasiado. Pobre hombre, cada día era una batalla dialéctica consigo mismo para mantener su posición social. Una posición social que, al igual que lo que contaba, sólo existía en su cabeza.

Con el tiempo el pobre hombre que sólo hablaba de él comenzó a gestar un miedo oculto y peor que el de dejar de ser escuchado. Era consciente de que había un acontecimiento del que no sabía nada, ni podría transmitirlo una vez acaecido porque ese día, el día que muriera, no sobreviviría para narrarlo. Y consciente de su debilidad empezó a incubar un miedo adicional: el miedo no sólo a morir sino a hacerlo de una forma ridícula. El hombre que siempre había hablado de sí mismo no podía consentir morir de forma absurda, necesitaba una muerte agónica, traumática, heroica, una muerte que fuera recordada y que hiciera que jamás fuera olvidado. La muerte que lo mantendría en su escalafón social incluso ya muerto.

Pero el hombre que temía morir de forma absurda, como el resto de los hombres, no sabía en qué día llegaría la fecha señalada, y viendo los peligros de la ciudad, la caída de la maceta sobre la cabeza de aquel hombre, el atropello de bicicleta aquella tarde, el resbalón en el centro comercial con consecuente caída por la escaleras, decidió no esperar más al momento y poner él mismo el broche a la historia de su vida. Así pues decidió comprar veneno, y tras una emotiva carta de despedida que envió a todos los contactos que aún conservaba explicando su situación y más cosas que nadie entendió, se bebió el brebaje. Pensó que todo el frasco sería más efectivo que un poco pero, debido a la gran cantidad que consumió, las arcadas le hicieron expulsar todo aquel líquido, dejando al hombre en el suelo inconsciente pero vivo. A la mañana siguiente en aquel hospital el hombre que había querido una muerte excepcional se dio cuenta de que no sólo no lo había conseguido si no que había perdido la voz por la quemadura del ácido en su garganta. Por primera el hombre que nunca había llorado lloró.

Ahora el hombre que sólo hablaba de sí mismo ya no podía hablar, y escuchando, escuchando, aprendió a e escuchar, y cuando quiso hablar para decir ‘te entiendo’ no pudo porque el hombre que siempre quiso ser centro de atención y que creía ser respetado y que tenía miedo de una muerte ridícula y que nunca cometió un error era además ahora un hombre arrepentido.