Era tarde cuando lo vi por primera vez. Serían alrededor de las ocho y media, o quizá algo antes, pero en cualquier caso era esa hora en la que ya es tarde para decir que es por la tarde pero seguramente aún es pronto para decir que es de noche. Siendo invierno, ya había oscurecido por completo. Regresaba caminando a casa desde la facultad tras una tediosa clase, y las ganas de cenar y el frío me habían sumergido en un estado de ánimo algo crepuscular, acorde con la franja horaria. Eso, y el hecho de conocer el camino de memoria, hacían que me moviese bastante maquinalmente, casi sin conciencia de mi propio cuerpo.
Pero ese aletargamiento hizo precisamente que la primera visión del fenómeno me resultara más espectacular, o más sorprendente al menos. Bajaba por una calle muy estrecha en la que habían sido demolidos algunos de los edificios que quedaban a mano derecha, dejando un espacio vacío que permitía ver un buen pedazo de cielo y al que no estaba acostumbrado. Mecánicamente, mientras andaba, giré la cabeza hacia ese vacío postdemolición y miré al cielo, oscuro y estrellado. Y algo más. Tardé un poco en reaccionar, pero enseguida detuve mi marcha y me quedé allí, parado. Algo insólito había aparecido en mitad del cielo: Una franja finísima, pero perfectamente distinguible, lo atravesaba en toda su extensión, como si alguien hubiera trazado una línea con un rotulador de punta fina de tamaño celestial. A pesar de su finura, la línea destacaba nítidamente en el firmamento gracias a su color rojo, como de telón de teatro.
Al llegar a casa me encontré a mi familia frente al televisor, a la espera de noticias sobre la línea roja en el cielo. Evidentemente, ellos también la habían visto ya, y sus comentarios en ese momento eran una mezcla de extrañeza e indignación acerca de la inexplicable ausencia de información sobre el fenómeno en la televisión. En la radio tampoco decían nada. La prensa escrita del día siguiente tampoco se pronunció al respecto, ni sus versiones digitales. Todo lo que se podía leer sobre el asunto en Internet provenía de fuentes particulares, de algún medio independiente e insignificante, de usuarios de foros y redes sociales, de testimonios corrientes que intercambiaban impresiones. Por supuesto, la red se convirtió pronto en un hervidero de teorías y conjeturas tratando de explicar el origen de la rareza. En la calle era el tema de conversación estrella.
La línea era visible también de día, exactamente en el mismo tono que de noche y con la misma claridad, y ocurrió que, con el paso de los días, fue ensanchándose paulatinamente, de forma casi imperceptible al principio pero muy evidente después. Y fue entonces, cuando la línea roja ya tenía la anchura de una autopista de cuatro carriles, cuando los medios empezaron a mencionarla. Pero lo hicieron con mucha naturalidad, muy relajadamente, como si la gente no llevara ya semanas histérica esperando noticias del tema y como si ellos no lo hubieran ignorado por completo hasta ese momento. Simplemente, los informativos abrieron con algunas imágenes de la franja roja en el cielo y monótonamente relataron lo que todo el mundo ya había podido comprobar con sus propios ojos. Aun así, la recién estrenada cobertura informativa del fenómeno por parte de los medios tuvo un efecto placebo inmediato sobre los ánimos de la mayoría y el nerviosismo inicial se fue disipando, dando paso a una progresiva calma. Le gente fue acostumbrándose al nuevo aspecto del cielo y regresando a sus vidas tal y como eran antes del incidente, con la única diferencia de que el tema pasó a ser uno más de los que rutinariamente se trataban en los medios. Con cierta regularidad aparecían expertos en diversos campos dando su opinión sobre la franja roja, coincidiendo en su mayor parte en identificarla como otro de los efectos del calentamiento global y lanzando todo tipo de predicciones catastróficas sobre su evolución y consecuencias.
Con el tiempo (no mucho), los humoristas incorporaron la franja roja en sus chistes, y las series de televisión en sus guiones, y los artistas en sus obras de arte. Brad Pitt estrenó un melodrama con mensaje ecologista sobre la franja roja. Después Hugh Grant protagonizó una comedia romántica con la franja roja. Greenpeace lanzó una campaña de concienciación sobre la necesidad de dejar de ir en avión para no agravar el problema de la franja roja. David Bisbal y otros cantantes sacaron un disco benéfico para luchar contra la franja. En las universidades comenzaron a impartirse asignaturas y cursos de posgrado sobre la franja roja en el cielo y hasta se crearon departamentos dedicados a ella en exclusiva. El Gobierno creó el Ministerio de Franjas en el Cielo y el Congreso aprobó una subida de 5 puntos del IVA y el IRPF para poder gestionar el asunto. Se aprobó también la creación del Impuesto por lo de la Franja. Se dobló el presupuesto del Ejército. Los sindicatos y la Iglesia vieron aumentadas sus subvenciones. El Rey hizo un chascarrillo sobre la franja que fue muy celebrado por los periodistas y después salió a navegar. La Unión Europea prohibió a todos sus ciudadanos los vuelos internacionales para prevenir el ensanchamiento de la franja, a excepción de los vuelos de eurodiputados y de representantes de cualquier institución pública de los Estados miembros. Los futbolistas también podían volar. El 83% de los espectadores de Antena 3 noticias dijo estar a favor de la medida.
Algunos meses después, tan inexplicablemente como todo empezó, la franja roja en el cielo comenzó a estrecharse lenta pero progresivamente; cada día un poquito, hasta que desapareció por completo, sin ningún efecto.
Eso fue hace 30 años, y desde entonces no hemos vuelto a saber nada sobre lo ocurrido. Pero es precisamente por eso que hemos de estar más vigilantes que nunca. No debemos caer en el error de confiarnos. Nuestra tarea es hoy igual de necesaria que el primer día y yo estoy convencido de ello. No podemos retroceder. Puedo decirles que encaro con mucho optimismo mi mandato al frente del Ministerio de Franjas en el Cielo. Capitán, mande firmes.
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