Esta es la historia del hombre que sólo sabía hablar de sí mismo. Es la historia de un hombre que tiempo atrás era popular y amable. Sus círculos cercanos se alimentaban de su sabiduría. Lo oían hablar y lo respetaban porque era excepcional, lo adoraban. O al menos eso creía él. En realidad lo que muchos hacían era fingir que lo que éste trataba de explicar era de interés. Sólo los cándidos se dejaban hechizar por su elocuencia, aunque normalmente ni lo entendían por falta de atención. El hombre que era respetado por ser excepcional en realidad no lo era tanto.
Y es que el hombre que creía ser respetado por ser excepcional no pensaba demasiado en los demás. No tenía tiempo para escuchar porque siempre tenía la boca llena de cosas que decir. No recurría a la confrontación verbal porque se creía por encima y rebajarse era una de las cosas que nunca entraba en sus planes. Tampoco nunca reconoció un error.- ‘¿Un error?¿ Yo?- pensaría- ‘No, yo eso no.’- y tampoco nunca lloró, pues nunca lo vio necesario. El hombre que siempre tenía cosas que decir era en realidad egoísta y soberbio, y tal era su síndrome de abstinencia de atención que poco a poco sus limitadas amistades fueron desapareciendo en detrimento de cientos de conocidos.
Ésta es la historia del hombre con síndrome de abstinencia de atención. Un hombre que contaba cosas sólo cuando lo que contaba le era propicio a sus intereses. A veces hablaba tanto que se enteraba de cosas que no decía, y a veces contaba cosas que ni siquiera eran. Pero siempre estaba él cuando hablaba, era él el foco, había alguien a quién escuchar, se formaba un centro. Y en sus patrañas hablaba de todo porque todo lo sabía, contaba muchas cosas, contaba todo, contaba cientos y doscientos e incluso contaba más.
En la historia del hombre que sólo hablaba de él no había nunca protagonistas porque el hombre que sólo hablaba de él acaparaba ya toda la atención. Cuando alguien contaba una historia él metía la suya, introducía sus vivencias, reales o imaginarias, oportunamente para desviar la atención hacia su persona, haciendo de su aventura el eje del programa.
Lo que le pasó al hombre que siempre quería ser el centro de atención es que cada día le costaba más tener algo nuevo para contar. Era complicado mantener el ‘yo más’ delante de tanta gente. Sin embargo su posición se lo exigía. Cada conversación le obligaba a reinventarse a sí mismo en una aventura nueva que tuviera algo más grande o más triste o más fuerte, da igual. El hombre que sólo sabía contar historias encumbrándole se quedaba sin recursos con cada vez más frecuencia y el pasado comenzaba a pesarle demasiado. Pobre hombre, cada día era una batalla dialéctica consigo mismo para mantener su posición social. Una posición social que, al igual que lo que contaba, sólo existía en su cabeza.
Con el tiempo el pobre hombre que sólo hablaba de él comenzó a gestar un miedo oculto y peor que el de dejar de ser escuchado. Era consciente de que había un acontecimiento del que no sabía nada, ni podría transmitirlo una vez acaecido porque ese día, el día que muriera, no sobreviviría para narrarlo. Y consciente de su debilidad empezó a incubar un miedo adicional: el miedo no sólo a morir sino a hacerlo de una forma ridícula. El hombre que siempre había hablado de sí mismo no podía consentir morir de forma absurda, necesitaba una muerte agónica, traumática, heroica, una muerte que fuera recordada y que hiciera que jamás fuera olvidado. La muerte que lo mantendría en su escalafón social incluso ya muerto.
Pero el hombre que temía morir de forma absurda, como el resto de los hombres, no sabía en qué día llegaría la fecha señalada, y viendo los peligros de la ciudad, la caída de la maceta sobre la cabeza de aquel hombre, el atropello de bicicleta aquella tarde, el resbalón en el centro comercial con consecuente caída por la escaleras, decidió no esperar más al momento y poner él mismo el broche a la historia de su vida. Así pues decidió comprar veneno, y tras una emotiva carta de despedida que envió a todos los contactos que aún conservaba explicando su situación y más cosas que nadie entendió, se bebió el brebaje. Pensó que todo el frasco sería más efectivo que un poco pero, debido a la gran cantidad que consumió, las arcadas le hicieron expulsar todo aquel líquido, dejando al hombre en el suelo inconsciente pero vivo. A la mañana siguiente en aquel hospital el hombre que había querido una muerte excepcional se dio cuenta de que no sólo no lo había conseguido si no que había perdido la voz por la quemadura del ácido en su garganta. Por primera el hombre que nunca había llorado lloró.
Ahora el hombre que sólo hablaba de sí mismo ya no podía hablar, y escuchando, escuchando, aprendió a e escuchar, y cuando quiso hablar para decir ‘te entiendo’ no pudo porque el hombre que siempre quiso ser centro de atención y que creía ser respetado y que tenía miedo de una muerte ridícula y que nunca cometió un error era además ahora un hombre arrepentido.
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