viernes, 30 de marzo de 2012

The Great Pretender


Yo le veía a contraluz ¿vale? y teníamos unos focos enormes apuntándonos a la cara, un montón de watios (que eso era otra manía suya, no entiendo por qué quería luces tan potentes, siempre acabábamos sudando). Bueno el tema es que yo le veía de espaldas, como en todos los conciertos, muy cerca siempre del borde del escenario y un poco inclinado hacia el público; por cierto ese día llenamos mucho más de lo que esperábamos, quizás por eso estaba tan eufórico. Bueno pues va el tío y al acabar Only you, que se supone que tenía que ser el último tema del concierto, se me acerca y me dice que le diga al técnico que prepare el playback para The Great Pretender. Joder y voy yo y le digo que qué coño dice, que sabe que no hemos preparado ese tema juntos desde hace meses y que no va a salir, y él me viene con esa puta sonrisa encantadora que usa con sus fans adolescentes y me dice que “tranquilo tío”, que es un tema sencillo y que su voz estará grabada, que solo tenemos que tocar a tempo y listo. Y yo le digo que no pienso tocar eso sin oír antes su grabación, que él siempre se adelanta un tiempo en el estribillo y lo desencaja todo. Y todo esto en el escenario ¿sabes? Con la gente aplaudiendo ahí, que ya se debía estar preguntando qué coño pasaba, aunque no se dieran cuenta de lo agresiva que era la conversación, porque ahora él les daba la espalda y hablaba un poco encorvado para poner su cabeza a la altura de la mía. Debían estar pensando que estábamos decidiendo el bis, y joder si lo estábamos decidiendo. Bueno pues yo le digo eso y él me suelta que el que me atraso al entrar soy yo, que aprenda a seguir la batería, y va y hace un gesto por encima de mí, directamente al técnico, que seguro que ya sospechaba que algo raro estaba pasando pero era un idiota total y ni se había planteado si debería hacer algo por amenizar esa pausa misteriosa y sacar a flote el show; el típico estudiante de audiovisuales o alguna mierda así ¿sabes?, el típico estudiante al que le da igual hacer su trabajo de forma mediocre si no le despiden por ello, un profesional pésimo por el que Freddie había apostado inexplicablemente. Bueno pues va el tío y le dice gesticulando exageradamente “The Great Pretender” al bobo del estudiante-técnico, que sonríe y le responde con un gesto de ok simulando profesionalidad. Y yo ahí justo en medio, totalmente flipado ¿te lo imaginas? Que no me lo podía creer – el hombre rubio de mediana estatura resopla ligeramente y mueve la cabeza indicando desaprobación-. Pues voy y le digo “no pienso tocar esto, saluda y bajamos”, y él me dice “aquí decido yo y esto se acaba con The Great Pretender. Si no te gusta, puedes venir a clavarme la Stratocaster en la espalda”. Joder y yo me quedo totalmente flipado, como en shock ¿sabes? Nunca me había hablado así, o sea ya sabes como es Freddie pero nunca había sido tan hijo de puta conmigo o con alguien de la banda. Entonces empieza a andar hacia su micro, pero da media vuelta y se dirige hacia mí otra vez y va el cabrón y me dice: “no la cagues ¿e?”¡¡¡No la cagues!!!- el hombre rubio abre ostensiblemente sus ojos en una mueca de sorpresa muda y en su frente aparecen cuatro largas arrugas en forma de M -. Te lo juro tío, si hubiese tenido en ese momento un arma te juro que le volaba la puta cabeza. ¡La puta cabeza! Además el tío se tomó una pausa para decirlo ¿sabes?, y sonrió justo después, como dándose cuenta de que había soltado una frase lapidaria que yo contaría en mis memorias en las que él sería el protagonista.

Bueno pues ¿qué voy a hacer? me giro para indicar el tempo al batería, de una forma en la que el técnico puede ver lo que digo, pero no tengo la necesidad de mirarle a la cara para lograrlo, y así no acepto mi derrota ante su alianza conspiratoria con el cabrón de Freddie. El batería me da el ok y empezamos, siete compases y entra su voz en la anacrusa del último compás, con el oh-oh que tanto exageraba, como remarcando su virtuosismo solo porque podía hacer una puta segunda. En ese momento yo voy tocando al ritmo que me toca, pero tengo en la cabeza eso que me ha dicho antes, “no la cagues”,  pienso que es él el que siempre la caga, qué coño me dice a mí. Estoy tenso, noto dolor en los tendones de la mano izquierda por apretar demasiado, y me pongo más histérico cuando le veo de espaldas, de pie, como le veo siempre. Su silueta se mueve a contraluz, se mueve bien, ¿le has visto alguna vez en directo? En ese momento pienso que el tío es bueno, que tiene talento en lo suyo aunque la edad le obligue a hacer playback. Es justo ahí cuando empieza a girarse ligeramente hacia nosotros, y me temo que haga alguna mierda de las suyas como acercarme el micro o hacer como que toca a mi lado con una guitarra invisible, pero se gira y no hace nada de eso: simplemente me dirige la mirada, y se acerca el dedo índice a la oreja como queriendo decir “escucha esto”, y en ese momento suena: “pretending that I’m doing well”. Y Juro que sus ojos brillaron al decirlo, lo juro, en una mueca de superioridad insoportable. Joder, sabía que eso me iba a volver loco, y en ese momento ni siquiera se quedó esperando mi reacción, volvió a dar la cara al público rápidamente., como sabiendo que acababa de ganar el segundo round ¿Te lo imaginas o no? ¡¡¡El tío solo lo hizo para provocar!!!- el hombre rubio de gafas de pasta se frota los ojos usando índice y pulgar, elevando la montura, y escribe algo en su libreta- . El tío no podía dejar de ser un maldito capullo ni cuando hacía lo único bueno que sabía hacer. Bueno aún así yo seguí tocando, pero realmente cabreado, a veces miraba al batería y a los demás músicos, pero nadie me devolvía la mirada. Todos parecían estar en una especie de trance de aburrimiento total, totalmente al margen del concierto y del conflicto. Si todo hubiese quedado ahí creo que me habría ido cabreado a casa y con unas cervezas se me habría pasado, pero el cabrón siguió. Todo el puto tema girándose y mirándome, como sonriendo, como buscando una complicidad rara. Los demás músicos no hacían una mierda aunque seguro que se daban cuenta de lo que pasaba, joder, ¡¡¡estaba pasando en sus putas caras!!! Pues bueno, el tío siguió ahí, dándole, con cada frase que podía malinterpretar me lanzaba una sonrisa: con “i'm lonely but no one can tell” igual, y yo cada vez más cabreado ¿sabes? Estaba empezando a  tocar cada vez más tenso, y a pensar menos en la canción y más en la próxima vez que se giraría. Además, cuando lo hacía no me dirigía su mirada a los ojos, estaba como pasando por encima de mí ¿sabes?, como diciendo “te estoy mirando a ti pero no necesito ni dirigirte la mirada”, como si yo fuera una mierda, como si estuviera hueco y prefiriera mirar detrás, a la zona donde estaba el gilipollas del técnico, pero qué mierda iba a mirar allí. Bueno pues así todo el rato, pero lo peor es que al llegar el estribillo (que por cierto a esas alturas ya habíamos tenido que ralentizar el tempo dos veces) se giró. Me miró. – el hombre rubio levanta la cabeza y mira por encima de sus gafas, esperando a que acabe la pausa enfática y continúe la narración- Y cantó: “just laughin' and gay like a clown” ¡Guiñándome un ojo y remarcando muchísimo el “GAY”! pero mucho, como casi paródico, gesticulando como un maricón y mirándome, subiendo las cejas y bajando los párpados, abriendo la boca. Eso me volvió loco, joder es que ¿te lo imaginas? Pues sí, yo estaba ido en ese momento, como totalmente agresivo pero intentando controlarme, así que me giré para no mirarle durante un momento, y ¿¿¿qué vi??? ¡¡¡Al gilipollas del técnico sonriendo, como totalmente embobado, dándose cuenta de todo y partiéndose el culo de mí!!! Entonces me di cuenta de todo, joder si habían grabado un playback sin nosotros significaba que lo habían grabado ellos dos SOLOS, que habían ido al estudio ellos dos SOLOS y lo habían pensado todo juntos desde el principio –el hombre rubio toma notas y le pide por favor que baje el tono de voz con un gesto con la mano izquierda, a lo que él obedece sin disminuir el ritmo de su relato- Que todo estaba preparado solo para tocarme las pelotas, esos cabrones habían preparado una trampa para reírse de mí, para ver mis muecas de odio allí, en medio del escenario, donde no podía hacer nada, allí en medio de ellos dos, que se partían de risa mientras yo me cagaba en sus muertos por no poder reaccionar.

(Nota pretenciosa del autor: en este último fragmento se recomienda escuchar el tema en cuestión  y leer a un ritmo de unas 4 palabras/segundo)


En ese momento se me paró el tiempo. Una sensación que no había sentido nunca, ya sabes que no tenía antecedentes ni líos violentos, lo habrás visto en mi ficha; esto era nuevo y sorprendentemente renovador: odio puro. Odio en dos dimensiones ¿sabes? No, no te lo puedes ni imaginar. – El hombre rubio adquiere una mueca de preocupación y mira al reloj- Recuerdo ese momento con más claridad que el resto de la noche: tengo su espalda en la cabeza y la guitarra en la mano. Pienso que si hago lo que estoy a punto de hacer, conseguiré una satisfacción brutal y las consecuencias me dan igual ahora que el ataque se presenta irremediable. A pesar del estado de furia ciega en el que me encontraba, recordaba su frase, “puedes venir a clavarme la stratocaster en la espalda” y mientras me dirigía hacia él, me planteaba fríamente a qué se refería exactamente. Si intentaba hundir el mástil en su espalda, todo se quedaría en una contusión con posible moretón sangrante y una desagradable sorpresa. ¡Sí tío! ¡Tu amigo también puede odiarte si eres un gilipollas! No voy a negar que deseara que viera mi cara al atacarle, pero más como última imagen que como incentivo de autoanálisis, al fin y al cabo yo quería sangre, no perdón. Me acuerdo que pensé que si le clavaba la Stratocaster de modo tangencial a la espalda, entrando por la base del cuello o por el coxis, la imagen sería de una belleza y una brutalidad escalofriantes. El mástil acoplado a la columna, o mejor aún, ¡sustituyendo a la columna! Sus vértebras  saliendo intactas mientras yo introducía la guitarra por debajo. ¿Has visto Predator? – El hombre rubio niega con la cabeza y pide concreción en la declaración- Bueno, yo estaba fuera de mí, como viéndolo todo, totalmente ausente e incapaz de parar lo que estaba a punto de suceder, entre otras cosas porque lo deseaba con todas mis fuerzas. Y desde ahí, todo a cámara lenta.

Recuerdo en ese momento todas sus gilipolleces y veo la fina línea de luz que dibuja el contorno de su cuerpo, moviéndose oscilantemente en un movimiento antiguo e hipnótico, un movimiento que me recuerda a los primeros conciertos de la banda, y pienso que qué coño me dice a mí, si él es el que siempre la caga, el que nunca lo asume. Parejas bailando frente a nosotros, besándose, inmersos en un mar de amor que irónicamente nosotros proporcionamos. Un movimiento que deja brillar las perlas de sudor que se acumulan en su melena, que saltan rítmicamente. Pienso que él fue el idiota que la cagó cuando vino ese mánager repeinado, y el que rechazó modificar las canciones para la discográfica. Y su cuerpo se contonea, y adivinando mi presencia, se gira levemente a la derecha, dejando ver su piel curtida, en una frontera iluminada y altamente contrastada por el foco que ahora me alcanza de refilón. I seem to be what i'm not, you see. Un chico mira a su novia y le besa en la mejilla, y ella le abraza con fuerza y ternura. Él dijo que no quería un saxo en el grupo y cuando el tipo de sonido nos dijo que “esto quedaría mejor con otro saxo”, él nos miró apretando los labios y moviendo la cabeza afirmativamente como dándose la razón. Capullo engreído. Siento la madera del mástil en mi mano izquierda, y me olvido del acorde para coger la guitarra con fuerza. Suelto el enganche de la correa y agarro el mástil también con la derecha, para empezar a dibujar una parábola perfecta casi desde el suelo, un swing que él ve venir un segundo antes, y que provoca en su cara un gesto de sorpresa extraña, una sorpresa real, una expresión de alguien que no espera un castigo. A partir de ahí solo recuerdo luz blanca y gritos y parejas con las caras desencajadas de terror y chicas hundiendo sus cabezas en los pechos de sus novios y sangre en mis manos y el cartel de “Freddie Color y los Infraseres en concierto” ondeando a lo lejos y al gilipollas del técnico llorando desconsoladamente en una reacción totalmente desproporcionada, apretándose la cara como el jodido grito de Munch, con la voz de Freddie sonando de fondo, sola, fuera de tempo, pretending that you're still around.

jueves, 22 de marzo de 2012

I


Jose y Encarni pasan la tercera y última de sus citas en la piscina de los Hoteles Atalaya **** de Roquetas de Mar, en los que tienes un 10 % de descuento si llamas ahora para reservar una noche de ensueño con tu chica. No sólo en el de Roquetas de Mar, entiéndase; la oferta es extensible a todos los hoteles del Grupo Atalaya. IVA no incluido. No acumulable a otras ofertas.
Jose nunca ha pisado un lugar así. Sin embargo, por su oficio conoce la calidad del pavimento que rodea la piscina. Este mármol cubierto de película antideslizante casi imperceptible no les habrá salido barato.La conciencia del precio del mármol provoca que sus músculos se tensen, hecho que el cámara aprovecha para hacer un zoom agresivo ahora hacia sus pectorales, ahora hacia su abdómen, material que el realizador sintetizará en un teaser pseudoerótico en el que el becario, un joven aún con acné, se encargará de colocar oportunamente rótulos que completen la información que la imagen, por su carácter de representación abstracta, no puede ilustrar con exactitud.
Por su parte, Encarni ya se ha quitado el pareo que las chicas de vestuario le han elegido esta mañana bajo su consentimiento. Aunque de hecho, ni siquiera le gusta. Aunque de hecho, Encarni ni siquiera es Encarni, sino Encarnación, nombre que la abocó prematuramente a un destino irrebocable que le exigía desde su más tierna infancia un aplomo digno de su nombre. Y así Encarni tomó sin alegorías intermediarias la decisión de ''hacerse a sí misma'', siendo consciente del oxímoron de tirón televisivo que podían causar, y causarían, las formas semiorgánicas de la silicona sobre las letras que anunciaran su nombre. Pero aunque Encarni sea una luchadora que ha conseguido huir del determinismo socio-biológico que la condenaba, tal y como desvela la voz en off que aparece ahora en pantalla, no nos pasa desapercibido que nuestra veterinaria y gogó a tiempo parcial preferida ha caído en en una trampa de la cual no puede escapar. Sí, saben a qué nos referimos, dice la voz en off.
Y Jose vuelve a aparecer en un plano americano que se convierte en primer plano, mostrando al público una sonrisa imperfecta convertida en perfecta gracias al dominio de AfterEffects que el becario consiguió en el bachillerato artístico. Lo que no revela la sonrisa, sin embargo, es el tormento oculto que atrapa a Jose tras la conciencia de que ésta, sí, ésta, es la última cita con Encarni. Parece mentira. Juntos han conseguido deshacerse de contrincantes duras como Zahira, la murciana bisexual madre de gemelas, o como Salomé, la modelo de lencería con Tourette. Pasaron la primera cita en el Karting sin llamar la atención, sin darle al público más que las caídas justas para no perder su interés; en la cena en el jacuzzi, sin embargo, no pudieron disimular más y se besaron. Y follaron en directo.
Hoy la consigna es clara: a la audiencia no le gustan los finales felices, y mucho menos si se producen antes de la clausura prevista de temporada. Jose debe despedirse. Encarni debe partir. Los dos lo saben y lo aceptan, y sin embargo no pueden evitar pensar que no encontrarán a nadie con quien contrastar con semejante placer su opinión sobre el mensaje implícito en la obra de Pitbull.
A Jose se le enturbia la vista. Con un gesto rápido se limpia las lágrimas que resbalan por su mejilla. Sabiendo que se trata de un adiós para siempre, de un adiós incondicional, acerca su mano para palpar por última vez el seno de Encarni, cubierto apenas por su bikini e iluminado por la luz del Sol implacable y de unos cuantos focos. Es un gesto intuitivo, ancestral, mágico, como el de Hércules en acercarse a Hera en busca de su única fuente de vida. Eso es el seno de Encarni, piensa Jose, sumido en un torbellino de emociones. Sospesa el seno, sintiendo el halo de su auréola, sabiendo que cuando lo suelte todo habrá acabado.
Justo en ese momento, de pronto, un recuerdo que ni siquiera guarda en la memoria le aparece nítido delante suyo. Entonces, sin poder evitarlo, sentencia en voz alta lo que, en las tertulias de la tarde, será debatido en aras de indagar en su significado e interpretación adecuadas:

-Mamá estaría orgullosa de mí.

No sé Toni, deberías dejarlo

El Consejo Regulador Europeo declara que queda instaurado en el viejo continente el ‘jabalí’ como medida Internacional de masa. El Consejo Regulador Europeo declara que queda instaurado en el viejo continente el ‘jabalí’ como medida Internacional de masa, pudiendo igualmente usarse como fracción en determinadas situaciones. Sin embargo, por su constitución, el jabalí es muy reacio a las fracciones. El ataque a los decimales en estos casos es muy complicado porque cortar un jabalí es tedioso y muy peligroso. Usará los grandes colmillos para evitarlo, hay que tener cuidado. Además por norma general su interior tiende a expandirse si no encontrárase toda su envolvente de una pieza. Por eso es mejor dejarlo entero, aun muerto, y usarlo únicamente cuando sea necesario. Ahora, si habláremos de medio o de un cuarto trasero, o un rabo con lechada de cebolla, al horno por ejemplo, eso está riquísimo.

Si la situación lo requiere, para evitar las fracciones, podemos echar mano a unidades menores. En este caso, al igual que con las libras y los peniques, habrá que tomar como derivación de ‘jabalí’ al ‘jabalí pequeño’, que aunque oscilante en su medida es fiable en la cantidad. Es un poco pesado andarse con tanto vocablo desinencial pero de esta forma salvamos jabalís adultos de ser cuarteados, ahorrándonos la agonía animal y aliviando la presión de las batidas los domingos.

Bueno, ¡y menudo revuelo! Que ahora dicen algunos ‘eruditos’ que no es solución porque el kilogramo ya funcionaba bien, que ahora hay que cambiar todos los letreros y que es mucho trabajo. Bueno, los cambios no son fáciles nunca, pero esto es parte de lo del ‘progreso’. Si se quiere, se puede. Además, en nada estamos acostumbrados, no será la primera vez que hacen una de éstas. Los viejos de la ciudad aun pensarán en kilogramos, como sus abuelos pensaron en blanco y negro y antes en medieval.

Antecedentes en longitud ahora se me ocurre el metro. El metro no se decidió rápido, e incluso hoy quedan reticentes. Por ejemplo está el metro que mide la puerta de los aseos públicos o de los pasillos, que es el metro-metro, pero también el metro que separa los dos coches para aparcar, que es más pequeño. O el metro de Berlín, el más largo de Europa. Pues también hay jabalís más pequeños que otros, pero evidentemente no serán estos los útiles para medir; habrá que acercarse al ideal por detrás sin hacer ruido, despacio, despacio, untado de gasoil y barro para que no nos huela, arrastrándonos por el suelo, muy sucio todo… y cuando estemos muy cerca de él ¡pam! agarrarlo fuerte y capturarlo. Uau, un jabalí, qué fiero y apuesto animal. Lo podríamos llamar Javi, ¿qué os parece, chicos?

viernes, 16 de marzo de 2012

Most Wanted


Un ser querido. Pleno. Educado. Civilizado. De los nuestros. Una buena persona. Una buena persona reconocida. Internacionalmente. Ganadora de concursos invisibles de buena persona. Con gran puntuación en ser buena persona. Un diez. En todo. Galardones y fiestas VIP. El mejor. Lo Mejor. La Bondad.
Pues oro parece plata no es. La Bondad toma conciencia de sí misma. La gente le ama. Y el ama de vez en cuando pero nota que puede entregarse menos, poner punto muerto y dejarse llevar. Conseguir lo mismo con menos esfuerzo. Esfuerzo. No sabe con certeza  dónde estaba escondida esa palabra.
Al hacer caso a los demás y referirse a él mismo como Bueno, ha abierto un baúl negro y mohoso en el fondo de algo en su interior. Un baúl dejado ahí por alguien hace mucho tiempo. Pensaba encontrar algún tesoro reluciente pero dentro solo hay barro.
Mira a los ojos y en un gesto aprendido a fuerza de repetición, un gesto que parece habitual, dice lo que quieren oír. Hace saber a todos que les ama como nadie les puede amar y que es buena persona, la Bondad.
La historia es que no saca ningún beneficio de venderse. Vender que es La Buena Persona. Pero el sabe que admitirlo, nombrarse como eso supone una ventaja que puede usar en cualquier momento. No representa una tentación seria, pero está ahí. Y hasta hace poco lo único que estaba ahí era El Otro y Lo Demás. La exigencia en que ha sido educado no le permite no ya considerar una alternativa a la bondad si no tenerla. Es algo que resquebraja su espíritu.
Intenta volver. Pasar por alto todo lo que ve. Volver a dentro. Menospreciarse. Invertir el resultado de notar una influencia.
Y lo consigue. Victoria o muerte. O ambas.
Se hunde y se convierte en un radical de la bondad. Un fanático. Alguien que se da totalmente. Por todo y en todo. Sin razón o por cualquiera. Desaparece del mapa existencial. Aunque está en los demás, en todas partes. Vacío dentro. Y descubre que tiene un solar gigante. Sin dueño. Sin proyecto. Sin precio. Sin constructor.
Un recipiente vacío a la espera de ser llenado. 

martes, 21 de febrero de 2012

Fortunate son

Era tarde cuando lo vi por primera vez. Serían alrededor de las ocho y media, o quizá algo antes, pero en cualquier caso era esa hora en la que ya es tarde para decir que es por la tarde pero seguramente aún es pronto para decir que es de noche. Siendo invierno, ya había oscurecido por completo. Regresaba caminando a casa desde la facultad tras una tediosa clase, y las ganas de cenar y el frío me habían sumergido en un estado de ánimo algo crepuscular, acorde con la franja horaria. Eso, y el hecho de conocer el camino de memoria, hacían que me moviese bastante maquinalmente, casi sin conciencia de mi propio cuerpo.

Pero ese aletargamiento hizo precisamente que la primera visión del fenómeno me resultara más espectacular, o más sorprendente al menos. Bajaba por una calle muy estrecha en la que habían sido demolidos algunos de los edificios que quedaban a mano derecha, dejando un espacio vacío que permitía ver un buen pedazo de cielo y al que no estaba acostumbrado. Mecánicamente, mientras andaba, giré la cabeza hacia ese vacío postdemolición y miré al cielo, oscuro y estrellado. Y algo más. Tardé un poco en reaccionar, pero enseguida detuve mi marcha y me quedé allí, parado. Algo insólito había aparecido en mitad del cielo: Una franja finísima, pero perfectamente distinguible, lo atravesaba en toda su extensión, como si alguien hubiera trazado una línea con un rotulador de punta fina de tamaño celestial. A pesar de su finura, la línea destacaba nítidamente en el firmamento gracias a su color rojo, como de telón de teatro.

Al llegar a casa me encontré a mi familia frente al televisor, a la espera de noticias sobre la línea roja en el cielo. Evidentemente, ellos también la habían visto ya, y sus comentarios en ese momento eran una mezcla de extrañeza e indignación acerca de la inexplicable ausencia de información sobre el fenómeno en la televisión. En la radio tampoco decían nada. La prensa escrita del día siguiente tampoco se pronunció al respecto, ni sus versiones digitales. Todo lo que se podía leer sobre el asunto en Internet provenía de fuentes particulares, de algún medio independiente e insignificante, de usuarios de foros y redes sociales, de testimonios corrientes que intercambiaban impresiones. Por supuesto, la red se convirtió pronto en un hervidero de teorías y conjeturas tratando de explicar el origen de la rareza. En la calle era el tema de conversación estrella.

La línea era visible también de día, exactamente en el mismo tono que de noche y con la misma claridad, y ocurrió que, con el paso de los días, fue ensanchándose paulatinamente, de forma casi imperceptible al principio pero muy evidente después. Y fue entonces, cuando la línea roja ya tenía la anchura de una autopista de cuatro carriles, cuando los medios empezaron a mencionarla. Pero lo hicieron con mucha naturalidad, muy relajadamente, como si la gente no llevara ya semanas histérica esperando noticias del tema y como si ellos no lo hubieran ignorado por completo hasta ese momento. Simplemente, los informativos abrieron con algunas imágenes de la franja roja en el cielo y monótonamente relataron lo que todo el mundo ya había podido comprobar con sus propios ojos. Aun así, la recién estrenada cobertura informativa del fenómeno por parte de los medios tuvo un efecto placebo inmediato sobre los ánimos de la mayoría y el nerviosismo inicial se fue disipando, dando paso a una progresiva calma. Le gente fue acostumbrándose al nuevo aspecto del cielo y regresando a sus vidas tal y como eran antes del incidente, con la única diferencia de que el tema pasó a ser uno más de los que rutinariamente se trataban en los medios. Con cierta regularidad aparecían expertos en diversos campos dando su opinión sobre la franja roja, coincidiendo en su mayor parte en identificarla como otro de los efectos del calentamiento global y lanzando todo tipo de predicciones catastróficas sobre su evolución y consecuencias.

Con el tiempo (no mucho), los humoristas incorporaron la franja roja en sus chistes, y las series de televisión en sus guiones, y los artistas en sus obras de arte. Brad Pitt estrenó un melodrama con mensaje ecologista sobre la franja roja. Después Hugh Grant protagonizó una comedia romántica con la franja roja. Greenpeace lanzó una campaña de concienciación sobre la necesidad de dejar de ir en avión para no agravar el problema de la franja roja. David Bisbal y otros cantantes sacaron un disco benéfico para luchar contra la franja. En las universidades comenzaron a impartirse asignaturas y cursos de posgrado sobre la franja roja en el cielo y hasta se crearon departamentos dedicados a ella en exclusiva. El Gobierno creó el Ministerio de Franjas en el Cielo y el Congreso aprobó una subida de 5 puntos del IVA y el IRPF para poder gestionar el asunto. Se aprobó también la creación del Impuesto por lo de la Franja. Se dobló el presupuesto del Ejército. Los sindicatos y la Iglesia vieron aumentadas sus subvenciones. El Rey hizo un chascarrillo sobre la franja que fue muy celebrado por los periodistas y después salió a navegar. La Unión Europea prohibió a todos sus ciudadanos los vuelos internacionales para prevenir el ensanchamiento de la franja, a excepción de los vuelos de eurodiputados y de representantes de cualquier institución pública de los Estados miembros. Los futbolistas también podían volar. El 83% de los espectadores de Antena 3 noticias dijo estar a favor de la medida.

Algunos meses después, tan inexplicablemente como todo empezó, la franja roja en el cielo comenzó a estrecharse lenta pero progresivamente; cada día un poquito, hasta que desapareció por completo, sin ningún efecto.

Eso fue hace 30 años, y desde entonces no hemos vuelto a saber nada sobre lo ocurrido. Pero es precisamente por eso que hemos de estar más vigilantes que nunca. No debemos caer en el error de confiarnos. Nuestra tarea es hoy igual de necesaria que el primer día y yo estoy convencido de ello. No podemos retroceder. Puedo decirles que encaro con mucho optimismo mi mandato al frente del Ministerio de Franjas en el Cielo. Capitán, mande firmes.

domingo, 19 de febrero de 2012

El tronco de la ley

   Juan Antonio está apostado en la esquina. Ha caminado más rígido de lo normal los últimos metros, hasta colocarse en posición de contemplar la calle perpendicular, y a treinta metros a la derecha observa detenidamente lo que esperaba encontrar. Todos sus conocidos saben que cuando una idea se apodera de la mente de Juan Antonio, no hay manera de echarla sino es llevándola a cabo, siempre ha sido así. Lleva meses planeándolo y nota como una discreta dosis de adrenalina recorre su cuerpo y atenaza su garganta al considerar lo cerca que están (él y la idea) de la separación definitiva, de la purga, del momento que en sus diarios él denomina actualización. Son las dos de la tarde y la mayoría de la gente está comiendo; pero, todavía apostado disimuladamente en la esquina, mirando sin ver la pantalla de su teléfono móvil, juzga que son demasiados los transeúntes y decide recorrer durante unos minutos más las manzanas aledañas, se da la vuelta y se aleja tranquilo.
   Tiene el hacha escondida en la espalda, el mango metido en los pantalones hasta la rodilla, sujeto al muslo por una cinta elástica. A cada paso la cabeza del hacha imprime un coletazo de frío en la piel de su espalda, le gusta sentirlo bajo la ropa, atemperándose cada vez más, a medida que se aleja. El plan es tan simple que no sabe si podría llamársele plan, y él visualiza su ejecución por enésima vez, tan sencilla, como un animal bravo visualizaría momentos antes su embestida. Han pasado veinte minutos cuando vuelve a situarse en la esquina, ahora ya nadie recorre las calles.
   Con las manos en la espalda, desliza el hacha hacia arriba, hasta que el metal toca la base de su cuello y puede sacar el mango de sus pantalones. Se retira un metro calle adentro, hasta quedar fuera de vista, y la apoya en el suelo, se quita la chaqueta que empieza a molestarle a pesar de frío, y siente como el viento helado de febrero le estira la piel de la cara y tensa sus labios. Se coloca otra vez el hacha a la espalda, aguantándola ahora con las manos, y se encamina hacia la sede ministerial. Los guardias se mantienen firmes a ambos lados del portalón. A unos metros del que se encuentra más cerca de él, descubre el hacha y la levanta con energía para clavarla en el costado del uniformado con un movimiento fuerte y preciso; en sus pre-actualizaciones mentales [este neologismo idioléctico tan pedante se le ocurre a él precisamente en ese momento] siempre había esperado algún tipo de reacción defensiva, unas manos alzándose para protegerse, una carrera de auxilio del compañero, incluso un rápido disparo que terminara de cuajo con sus pretensiones, pero los dos se mantienen firmes en sus posiciones y su movimiento pierde convicción al bajar el arma, que se clava vacilante en el brazo derecho del soldado, un poco por debajo del codo.


   Aun así, la herida ha sido profunda, y Juan Antonio reúne fuerzas para un segundo movimiento. Revive su entrenamiento en la vieja quinta de sus padres, probando con los árboles jóvenes para lograr un swing enérgico y sin titubeos. Los movimientos se suceden en el ángulo preciso hasta que el brazo se desprende y la sangre fluye a borbotones, los próximos se hunden en el costado, abriendo una terrible herida y desparramando lentamente las vísceras. Sirviéndose del hacha para descansar unos momentos, Juan Antonio jadea y mira incrédulo a su alrededor; nunca creyó que le dejaran llegar hasta este punto. El guardia herido aguanta firmemente, aunque su cara transluce sufrimiento, y el otro se mantiene asimismo en su posición, mientras le dirige una mirada de desafío, como incitándole a que termine la tarea que ha empezado, si es que se atreve, la misma mirada que le destinan los pocos transeúntes que recorren la calle sin desviarse de su rumbo.  
   Juan Antonio no quiere rendirse y prosigue entre náuseas, con la cabeza nublada. El desarrollo del cuerpo humano ha seguido derivas estructurales radicalmente distintas a las de un árbol, y todo se va haciendo más difícil; aquí no hay astillas, hay papilla. Los golpes se hacen cada vez más desesperados, hasta que en una perfecta horizontal empieza a hendir el hacha en la columna vertebral, momento en el que el tronco del soldado empieza a doblarse, y su cara cambia del sufrimiento a la contrariedad más absoluta. Juan Antonio no puede más, gira sobre sí mismo y vuelve tambaleándose a la esquina en la que todo había empezado, donde cae postrado y vomita una bilis sanguinolenta. Detrás de él dos soldados recogen los restos del otro, cuyos pies se encuentran todavía firmemente apoyados en el suelo, y dirigen miradas displicentes hacia ese otro cuerpo derrotado, con las rodillas hendidas en esa acera fría de invierno.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Gimnasio I


La sala espera y el viejo entra, la toalla amarilla al hombro y la cinta en la frente. Lleva las mismas deportivas Reebok, la misma camiseta de promoción de una antigua convención en Alemania, una de tantas convenciones aburridas y rutinarias que tanto echa de menos. Los calcetines de tenis le aprietan los tobillos y con ellos sus piernas parecen dos largas salchichas demasiado tostadas y arrugadas. Parece atlético, esbelto para ser un viejo. La sala observa despreocupadamente mientras se sube a la cinta, mientras selecciona el programa de carrera, la pendiente y la duración del ejercicio. Se siente un niño tonto e inexperto apretando los botones, como él, demasiado viejos para ofrecer una reacción al primer impulso. Los aprieta con todo el vigor que le permiten sus frágiles articulaciones, y le duelen las yemas al hacerlo. Alrededor, los presentes ejecutan movimientos automáticos con la mirada perdida en sus propios reflejos, como hipnotizados, esperando algo. La cinta empieza a rodar, y el viejo apresura su paso a medida que la velocidad aumenta. Se siente poco a poco superado por la máquina, como le pasa siempre. A pesar de que viene dos días a la semana desde hace varios años siguiendo fielmente la recomendación de su médico – y cuando le preguntan, él siempre deja bien claro que se trató de una recomendación, a pesar de que sabe perfectamente que el doctor fue muy vehemente al hacerla-, nunca sabe cuál es el punto exacto en el que debe cambiar del paso rápido a la carrera. De hecho, tiene la ligera sospecha de que la máquina no funciona a la perfección en ese aspecto, de que es poco rigurosa cuando se ve forzada a conseguir una velocidad relativamente alta en un intervalo corto de tiempo, e indica en pantalla la velocidad que le da la gana; además, es algo que puede certificar que a menudo sucede, o solía suceder, gracias a su experiencia como viajante de los mismos aparatos de gimnasio que ahora ponen a prueba lo que queda de sus músculos. En la cinta de al lado corre una chica, y al viejo le viene a la cabeza la palabra “tonificar”.

Mientras corre, mira al aparato y piensa que es un modelo antiguo, pero posterior a los que él solía vender. Lleva seis minutos sobre la XT PRO 600 cuando llega el segundo viejo. Le saluda y le pregunta sin mucho interés que cómo va todo, a lo que él responde que todo bien, y recibe un “Eso es lo importante, ya sabes que aquí eres una institución”. El viejo piensa por qué habrá dicho eso el otro, le parece que a pesar de que suena a la típica frase-de-viejo-para-viejo preparada para no desanimar y crear camaradería frente a lo jodido de tener la muerte cerca, quizás lo crea de verdad. Posiblemente su pasado como experto en estimulación muscular tenga algo que ver, o quizás su veteranía y regularidad en las visitas al gimnasio. El viejo corre y mira hacia adelante, por la enorme cristalera que da al parque. El sol casi se está poniendo y tiñe toda la atmósfera del gimnasio de un color cheeto que, unido al amarillo desteñido de las máquinas, le da un tono melancólico e irreal a la sala. La chica de al lado sube tres décimas su pendiente.

El viejo lleva trece minutos de carrera cuando empieza a notar como bota cada uno de sus músculos –y casi sus órganos- dentro de su cuerpo, y como con cada zancada se va pareciendo menos a lo que él entiende por una Institución. Se ve levemente reflejado en el vidrio de la cristalera, y casi no se reconoce, ahora solo es el escombro de aquél joven que significaba su nombre. Nota cómo las piernas empiezan a pesar. La chica sube tres puntos la velocidad, preparándose para el sprint final. El viejo piensa que la máquina de gimnasio le mira a los ojos como a los demás. Piensa que él no es el primero, e imagina grandes hombre sucumbiendo a la Máquina: Einstein dominado en La Cinta, Schopenhauer vencido por una tira giratoria. Piensa en Kafka. La institución Franz Kafka vencida por la Máquina, la institución Franz Kafka vencida por el Cuerpo Franz Kafka. Kafka vencido por Franz, Arthur y Albert mirando por la cristalera. La máquina suelta un pitido prolongado y reduce gradualmente su velocidad hasta detenerse. El viejo baja de la cinta, coge la toalla apoyada en la barra lateral del aparato y se seca el sudor con ella. Piensa que poco queda de su Institución, pero también de su Cuerpo. Mira a la chica, que aún corre en sprint, y envidia que no se tenga que preocupar de ninguna de las dos cosas. Corre concentrada y ausente, mientras el segundo viejo le mira el culo descaradamente.