La sala espera y el viejo entra, la toalla amarilla al
hombro y la cinta en la frente. Lleva las mismas deportivas Reebok, la misma
camiseta de promoción de una antigua convención en Alemania, una de tantas
convenciones aburridas y rutinarias que tanto echa de menos. Los calcetines de
tenis le aprietan los tobillos y con ellos sus piernas parecen dos largas
salchichas demasiado tostadas y arrugadas. Parece atlético, esbelto para ser un
viejo. La sala observa despreocupadamente mientras se sube a la cinta, mientras
selecciona el programa de carrera, la pendiente y la duración del ejercicio. Se
siente un niño tonto e inexperto apretando los botones, como él, demasiado
viejos para ofrecer una reacción al primer impulso. Los aprieta con todo el
vigor que le permiten sus frágiles articulaciones, y le duelen las yemas al
hacerlo. Alrededor, los presentes ejecutan movimientos automáticos con la
mirada perdida en sus propios reflejos, como hipnotizados, esperando algo. La
cinta empieza a rodar, y el viejo apresura su paso a medida que la velocidad
aumenta. Se siente poco a poco superado por la máquina, como le pasa siempre. A
pesar de que viene dos días a la semana desde hace varios años siguiendo
fielmente la recomendación de su médico – y cuando le preguntan, él siempre
deja bien claro que se trató de una recomendación, a pesar de que sabe perfectamente
que el doctor fue muy vehemente al hacerla-, nunca sabe cuál es el punto exacto
en el que debe cambiar del paso rápido a la carrera. De hecho, tiene la ligera
sospecha de que la máquina no funciona a la perfección en ese aspecto, de que es
poco rigurosa cuando se ve forzada a conseguir una velocidad relativamente alta
en un intervalo corto de tiempo, e indica en pantalla la velocidad que le da la
gana; además, es algo que puede certificar que a menudo sucede, o solía
suceder, gracias a su experiencia como viajante de los mismos aparatos de
gimnasio que ahora ponen a prueba lo que queda de sus músculos. En la cinta de
al lado corre una chica, y al viejo le viene a la cabeza la palabra
“tonificar”.
Mientras corre, mira al aparato y piensa que es un modelo
antiguo, pero posterior a los que él solía vender. Lleva seis minutos sobre la
XT PRO 600 cuando llega el segundo viejo.
Le saluda y le pregunta sin mucho interés que cómo va todo, a lo que él
responde que todo bien, y recibe un “Eso es lo importante, ya sabes que aquí
eres una institución”. El viejo piensa por qué habrá dicho eso el otro, le
parece que a pesar de que suena a la típica frase-de-viejo-para-viejo preparada
para no desanimar y crear camaradería frente a lo jodido de tener la muerte
cerca, quizás lo crea de verdad. Posiblemente su pasado como experto en
estimulación muscular tenga algo que ver, o quizás su veteranía y regularidad
en las visitas al gimnasio. El viejo corre y mira hacia adelante, por la enorme
cristalera que da al parque. El sol casi se está poniendo y tiñe toda la
atmósfera del gimnasio de un color cheeto que, unido al amarillo desteñido de
las máquinas, le da un tono melancólico e irreal a la sala. La chica de al lado
sube tres décimas su pendiente.
El viejo lleva trece minutos de carrera cuando empieza a
notar como bota cada uno de sus músculos –y casi sus órganos- dentro
de su cuerpo, y como con cada zancada se va pareciendo menos a lo que él entiende por una Institución. Se ve levemente
reflejado en el vidrio de la cristalera, y casi no se reconoce, ahora solo es
el escombro de aquél joven que significaba su nombre. Nota cómo las piernas
empiezan a pesar. La chica sube tres puntos la velocidad, preparándose para el
sprint final. El viejo piensa que la máquina de gimnasio le mira a los ojos
como a los demás. Piensa que él no es el primero, e imagina grandes hombre
sucumbiendo a la Máquina :
Einstein dominado en La Cinta ,
Schopenhauer vencido por una tira giratoria. Piensa en Kafka. La institución
Franz Kafka vencida por la Máquina, l a
institución Franz Kafka vencida por el Cuerpo Franz Kafka. Kafka vencido por
Franz, Arthur y Albert mirando por la cristalera. La máquina suelta un pitido
prolongado y reduce gradualmente su velocidad hasta detenerse. El viejo baja de
la cinta, coge la toalla apoyada en la barra lateral del aparato y se seca el
sudor con ella. Piensa que poco queda de su Institución, pero también de su
Cuerpo. Mira a la chica, que aún corre en sprint, y envidia que no se tenga que
preocupar de ninguna de las dos cosas. Corre concentrada y ausente, mientras el
segundo viejo le mira el culo descaradamente.
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