miércoles, 8 de febrero de 2012

Gimnasio I


La sala espera y el viejo entra, la toalla amarilla al hombro y la cinta en la frente. Lleva las mismas deportivas Reebok, la misma camiseta de promoción de una antigua convención en Alemania, una de tantas convenciones aburridas y rutinarias que tanto echa de menos. Los calcetines de tenis le aprietan los tobillos y con ellos sus piernas parecen dos largas salchichas demasiado tostadas y arrugadas. Parece atlético, esbelto para ser un viejo. La sala observa despreocupadamente mientras se sube a la cinta, mientras selecciona el programa de carrera, la pendiente y la duración del ejercicio. Se siente un niño tonto e inexperto apretando los botones, como él, demasiado viejos para ofrecer una reacción al primer impulso. Los aprieta con todo el vigor que le permiten sus frágiles articulaciones, y le duelen las yemas al hacerlo. Alrededor, los presentes ejecutan movimientos automáticos con la mirada perdida en sus propios reflejos, como hipnotizados, esperando algo. La cinta empieza a rodar, y el viejo apresura su paso a medida que la velocidad aumenta. Se siente poco a poco superado por la máquina, como le pasa siempre. A pesar de que viene dos días a la semana desde hace varios años siguiendo fielmente la recomendación de su médico – y cuando le preguntan, él siempre deja bien claro que se trató de una recomendación, a pesar de que sabe perfectamente que el doctor fue muy vehemente al hacerla-, nunca sabe cuál es el punto exacto en el que debe cambiar del paso rápido a la carrera. De hecho, tiene la ligera sospecha de que la máquina no funciona a la perfección en ese aspecto, de que es poco rigurosa cuando se ve forzada a conseguir una velocidad relativamente alta en un intervalo corto de tiempo, e indica en pantalla la velocidad que le da la gana; además, es algo que puede certificar que a menudo sucede, o solía suceder, gracias a su experiencia como viajante de los mismos aparatos de gimnasio que ahora ponen a prueba lo que queda de sus músculos. En la cinta de al lado corre una chica, y al viejo le viene a la cabeza la palabra “tonificar”.

Mientras corre, mira al aparato y piensa que es un modelo antiguo, pero posterior a los que él solía vender. Lleva seis minutos sobre la XT PRO 600 cuando llega el segundo viejo. Le saluda y le pregunta sin mucho interés que cómo va todo, a lo que él responde que todo bien, y recibe un “Eso es lo importante, ya sabes que aquí eres una institución”. El viejo piensa por qué habrá dicho eso el otro, le parece que a pesar de que suena a la típica frase-de-viejo-para-viejo preparada para no desanimar y crear camaradería frente a lo jodido de tener la muerte cerca, quizás lo crea de verdad. Posiblemente su pasado como experto en estimulación muscular tenga algo que ver, o quizás su veteranía y regularidad en las visitas al gimnasio. El viejo corre y mira hacia adelante, por la enorme cristalera que da al parque. El sol casi se está poniendo y tiñe toda la atmósfera del gimnasio de un color cheeto que, unido al amarillo desteñido de las máquinas, le da un tono melancólico e irreal a la sala. La chica de al lado sube tres décimas su pendiente.

El viejo lleva trece minutos de carrera cuando empieza a notar como bota cada uno de sus músculos –y casi sus órganos- dentro de su cuerpo, y como con cada zancada se va pareciendo menos a lo que él entiende por una Institución. Se ve levemente reflejado en el vidrio de la cristalera, y casi no se reconoce, ahora solo es el escombro de aquél joven que significaba su nombre. Nota cómo las piernas empiezan a pesar. La chica sube tres puntos la velocidad, preparándose para el sprint final. El viejo piensa que la máquina de gimnasio le mira a los ojos como a los demás. Piensa que él no es el primero, e imagina grandes hombre sucumbiendo a la Máquina: Einstein dominado en La Cinta, Schopenhauer vencido por una tira giratoria. Piensa en Kafka. La institución Franz Kafka vencida por la Máquina, la institución Franz Kafka vencida por el Cuerpo Franz Kafka. Kafka vencido por Franz, Arthur y Albert mirando por la cristalera. La máquina suelta un pitido prolongado y reduce gradualmente su velocidad hasta detenerse. El viejo baja de la cinta, coge la toalla apoyada en la barra lateral del aparato y se seca el sudor con ella. Piensa que poco queda de su Institución, pero también de su Cuerpo. Mira a la chica, que aún corre en sprint, y envidia que no se tenga que preocupar de ninguna de las dos cosas. Corre concentrada y ausente, mientras el segundo viejo le mira el culo descaradamente. 

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