domingo, 19 de febrero de 2012

El tronco de la ley

   Juan Antonio está apostado en la esquina. Ha caminado más rígido de lo normal los últimos metros, hasta colocarse en posición de contemplar la calle perpendicular, y a treinta metros a la derecha observa detenidamente lo que esperaba encontrar. Todos sus conocidos saben que cuando una idea se apodera de la mente de Juan Antonio, no hay manera de echarla sino es llevándola a cabo, siempre ha sido así. Lleva meses planeándolo y nota como una discreta dosis de adrenalina recorre su cuerpo y atenaza su garganta al considerar lo cerca que están (él y la idea) de la separación definitiva, de la purga, del momento que en sus diarios él denomina actualización. Son las dos de la tarde y la mayoría de la gente está comiendo; pero, todavía apostado disimuladamente en la esquina, mirando sin ver la pantalla de su teléfono móvil, juzga que son demasiados los transeúntes y decide recorrer durante unos minutos más las manzanas aledañas, se da la vuelta y se aleja tranquilo.
   Tiene el hacha escondida en la espalda, el mango metido en los pantalones hasta la rodilla, sujeto al muslo por una cinta elástica. A cada paso la cabeza del hacha imprime un coletazo de frío en la piel de su espalda, le gusta sentirlo bajo la ropa, atemperándose cada vez más, a medida que se aleja. El plan es tan simple que no sabe si podría llamársele plan, y él visualiza su ejecución por enésima vez, tan sencilla, como un animal bravo visualizaría momentos antes su embestida. Han pasado veinte minutos cuando vuelve a situarse en la esquina, ahora ya nadie recorre las calles.
   Con las manos en la espalda, desliza el hacha hacia arriba, hasta que el metal toca la base de su cuello y puede sacar el mango de sus pantalones. Se retira un metro calle adentro, hasta quedar fuera de vista, y la apoya en el suelo, se quita la chaqueta que empieza a molestarle a pesar de frío, y siente como el viento helado de febrero le estira la piel de la cara y tensa sus labios. Se coloca otra vez el hacha a la espalda, aguantándola ahora con las manos, y se encamina hacia la sede ministerial. Los guardias se mantienen firmes a ambos lados del portalón. A unos metros del que se encuentra más cerca de él, descubre el hacha y la levanta con energía para clavarla en el costado del uniformado con un movimiento fuerte y preciso; en sus pre-actualizaciones mentales [este neologismo idioléctico tan pedante se le ocurre a él precisamente en ese momento] siempre había esperado algún tipo de reacción defensiva, unas manos alzándose para protegerse, una carrera de auxilio del compañero, incluso un rápido disparo que terminara de cuajo con sus pretensiones, pero los dos se mantienen firmes en sus posiciones y su movimiento pierde convicción al bajar el arma, que se clava vacilante en el brazo derecho del soldado, un poco por debajo del codo.


   Aun así, la herida ha sido profunda, y Juan Antonio reúne fuerzas para un segundo movimiento. Revive su entrenamiento en la vieja quinta de sus padres, probando con los árboles jóvenes para lograr un swing enérgico y sin titubeos. Los movimientos se suceden en el ángulo preciso hasta que el brazo se desprende y la sangre fluye a borbotones, los próximos se hunden en el costado, abriendo una terrible herida y desparramando lentamente las vísceras. Sirviéndose del hacha para descansar unos momentos, Juan Antonio jadea y mira incrédulo a su alrededor; nunca creyó que le dejaran llegar hasta este punto. El guardia herido aguanta firmemente, aunque su cara transluce sufrimiento, y el otro se mantiene asimismo en su posición, mientras le dirige una mirada de desafío, como incitándole a que termine la tarea que ha empezado, si es que se atreve, la misma mirada que le destinan los pocos transeúntes que recorren la calle sin desviarse de su rumbo.  
   Juan Antonio no quiere rendirse y prosigue entre náuseas, con la cabeza nublada. El desarrollo del cuerpo humano ha seguido derivas estructurales radicalmente distintas a las de un árbol, y todo se va haciendo más difícil; aquí no hay astillas, hay papilla. Los golpes se hacen cada vez más desesperados, hasta que en una perfecta horizontal empieza a hendir el hacha en la columna vertebral, momento en el que el tronco del soldado empieza a doblarse, y su cara cambia del sufrimiento a la contrariedad más absoluta. Juan Antonio no puede más, gira sobre sí mismo y vuelve tambaleándose a la esquina en la que todo había empezado, donde cae postrado y vomita una bilis sanguinolenta. Detrás de él dos soldados recogen los restos del otro, cuyos pies se encuentran todavía firmemente apoyados en el suelo, y dirigen miradas displicentes hacia ese otro cuerpo derrotado, con las rodillas hendidas en esa acera fría de invierno.

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